Lagunas de Teno: tres días frente al Volcan Planchón
Hay lugares que no se explican. Se sienten.
Salimos un viernes 13 de febrero rumbo a la cordillera: cuatro vehículos y doce personas. Algunas nuevas, otras que ya vienen sumando kilómetros con nosotros. Esa mezcla que tanto nos gusta: confianza y expectativa. Amigos que vuelve y personas que se atreve por primera vez.
La subida hacia las Lagunas de Teno siempre tiene carácter. No es extrema, pero tampoco regala nada. Ripio suelto, polvo, pendiente que se inclina más de lo que parecía desde abajo y dos trepadas que obligan a concentrarse.

Un camper de arrastre pidió ayuda. Winch. Calma. Trabajo en equipo. Un Jimny también necesitó apoyo para coronar. Nada dramático. Nada espectacular. Solo lo que pasa cuando se viaja de verdad: se evalúa, se resuelve y se sigue.
Y entonces aparece. El volcán Planchón de frente.
La laguna extendida abajo como un espejo azul que cambia según la luz. A veces profundo y oscuro. A veces turquesa. Siempre inmenso.
Dormimos a 2.400 metros de altitud y prácticamente a orillas del agua, en un punto donde pocos llegan porque el acceso filtra. Y ese pequeño filtro hace la diferencia. No estábamos aislados del mundo. Estábamos en nuestro propio ritmo.
La primera noche fue asado de bienvenida. Fuego, carne, risas. Nadie mirando el reloj. El viento aparecía en ráfagas suaves y la temperatura caía lo justo para recordarnos dónde estábamos. De noche, el cielo fue de esos que no se describen. Se miran en silencio.
El sábado amanecimos frente al volcán. Desayuno tipo buffet, café mirando el paisaje. Esas mañanas que no necesitan discurso.
Después vino algo que pocas veces nos permitimos: un día sin obligación.
Baños en la laguna, lectura bajo la sombra, caminata tranquila, conversación sin prisa. Almuerzo improvisado entre todos, cada quien aportando lo suyo. Y entre todo eso apareció una carrot cake memorable que terminó robándose la tarde. Café, torta, dominó durante horas. Sí, dominó. Y fue perfecto.
El 14 de febrero nos encontró ahí arriba. Sin etiquetas. Sin marketing del amor. Solo amistad, complicidad y la certeza de estar exactamente donde queríamos estar.
El domingo recogimos campamento bajo un cielo completamente despejado. La bajada volvió a exigir atención. Una piedra mal ubicada nos obligó a usar winch una vez más. Nada heroico. Solo montaña recordándonos que aquí se avanza en equipo.
Y eso fue la salida.
No la dificultad.
No el rescate.
No la foto perfecta.
Fue el equilibrio.
Un viaje familiar con pequeños momentos de adrenalina.
Un campamento base que permitió quedarse, disfrutar y no solo pasar.
Tiempo para conversar, jugar, bañarse en la laguna y mirar el volcán sin apuro.
Eso es lo que buscamos cuando decimos: Viaja y deja las excusas.
No es solo llegar.
Es cómo compartes el lugar, cómo lo habitas y con quién lo vives.
Las lagunas seguirán cambiando de azul según la luz del día.
Nuestro calendario ya tiene nuevas fechas. Súmate.
Nos vemos en la próxima.